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jueves, 25 de febrero de 2010

Navegar con otra bandera


Representó a la Argentina en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, donde finalizó en el puesto 22º, y en Atenas 2004 quedó 12º, demostrando que su proyección ascendente aún no tenía techo. Restaban cuatro años para el nuevo desafío olímpico, donde aspiraba a dar el gran paso y llegar a pelear por un lugar en el podio. Y sucedió. El sueño se cumplió.

En Pekín 2008 obtuvo la anhelada medalla de bronce en la clase Laser, pero… como representante de Italia. Ese día sus sentimientos se mezclaron: "Hubiera querido que ese podio fuera para la Argentina", relata Diego Romero a LA NACION. Suena extraño, pero es la historia de un cordobés que nació en Villa Carlos Paz, hace 35 años. ¿La causa? "En 2004 me había cansado por la plata que me debía la Secretaría de Deportes de la Nación en la preparación para Atenas 2004. Salí 2° en el Mundial de 2005, y cuando terminé 3° en el Mundial de 2006, en Austria, hablé con el presidente de la Federación Argentina de Yachting (FAY), Carlos De Mare, y con el director deportivo, Alejandro Cloos, y les dije lo agotado que estaba porque el 70% de mi energía se me iba en tratar de conseguir el dinero para continuar compitiendo, para cobrar en tiempo y forma las becas", explica.

Sus inicios en el yachting fueron de la mano de sus padres, y cuando Romero tenía apenas 7 años, "juntando peso sobre peso", su familia adquirió un barco para los paseos por el lago San Roque. "Empecé a competir a los 19 y siempre fui un caso atípico por la edad en la que comencé y después por mi altura [mide 1,71 metros] me decían que no perdiera el tiempo porque no iba a llegar a nada. Insistí y fui llegando paso a paso", dice.

Ese año, en 1994, Diego pudo comprar su primer bote clase Laser, merced a las nueve horas diarias que trabajaba en la división técnica de Renault, en Córdoba. A partir de allí, se transformó en un navegante full time y los logros no tardaron en llegar. Más de media docena de veces campeón argentino, subcampeón mundial en 2005 y tercero en el Mundial de la ISAF de 2006, en Austria. El despegue estaba en marcha. Pero cuando estaba para dar el salto de calidad, se topó con una regata casi imposible de correr. El papeleo, los trámites, los expedientes. La burocracia de la Secretaría de Deportes se transformó en una muralla infranqueable. "La situación por la que pasa un deportista olímpico es estresante porque uno mismo tiene que discutir por los expedientes para cobrar. Eso es desgastante. En 2005 hicimos unos viajes para competir, entre abril y mayo, y en junio salió una resolución que señalaba que la Secretaría no pagaba más alquileres de autos para trasladarnos. Ibamos y disputábamos varios campeonatos, en una misma gira. Eso generó discusiones con la gente de [Claudio] Morresi [el secretario de Deportes]. Me cansé, por esto y por la plata que me debían. Me sentía maltratado. No parecía que estuviéramos en el mismo equipo. Como deportista estaba perdiendo plata", manifiesta. Entonces, en ese momento tomó la decisión que menos deseaba: dejar de competir. "Parecía la Secretaría contra los deportistas y les dije que hasta que la situación no cambiara, dejaba de navegar", añade. Estuvo casi ocho meses fuera del yachting y cuando ya comenzaba a olvidarse de ese deporte apareció una propuesta que lo sorprendió. "La Federación Italiana de Vela (FIV) estaba al tanto de que yo tenía la doble nacionalidad y me ofrecieron representarlos. Al principio no sabía qué hacer, pero me fui contento por dejar atrás cierto tipo de problemas que me desenfocaban del entrenamiento", señala.

Primero se instaló en Génova, hasta que al poco tiempo se mudó al lago Di Garda, a los pies de los Alpes, a 25 km de Verona y a 95 de Milán. Era el lugar ideal para dedicarse sólo a navegar, allí donde estaban los mejores. "Al principio, muchos de los chicos del equipo italiano me tomaban como que iba a sacarles el puesto", dice. Y la cruda realidad llegó cuando disputó el selectivo para los Juegos de China, que terminaron transformándose en tres. "Tuve que disputar tres veces el torneo para ir a Pekín (cuenta entre risas). En Italia, los deportistas del yachting pertenecen a las fuerzas armadas, la marina o la aeronáutica y yo no estaba en ninguna. Cuando me clasifiqué, las fuerzas presionaron y se organizó un segundo selectivo que no gané. Y ahí, fue la FIV la que se impuso y decidió realizar uno más, que pude obtener. ¡Era Diego contra el mundo! (vuelve a reírse)", recuerda.

A los meses, el camino transitado, con la medalla de bronce en el pecho, le dio la razón a su decisión de emigrar. Aunque, con cierta amargura, señala: "Fue extraño recibir una medalla olímpica y que no fuera para mi país. Amo a la Argentina y mi sueño es volver a competir con la celeste y blanca. En Córdoba ya lo saben, pero estaría bueno que lo sepan en la FAY, aunque ellos saben que no voy a volver mientras el deporte olímpico no se organice y funcione mejor".

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